Desde nuestra visión europeísta solemos interesarnos por realidades culturales que nos son cercanas y en raras ocasiones prestamos atención a la expresión artística de otros continentes. Hoy nos vamos a acercar a América y  hablaremos del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamin.

No hay muchos ejemplos de pintores sudamericanos reconocidos popularmente fuera de sus fronteras: a lo sumo Botero, Frida Kahlo o algún  representante del muralismo mexicano como Rivera, Orozco o Siqueiro. El protagonista de este post quizás no sea el más conocido, pero sin duda es un genuino representante del expresionismo indigenista, comprometido con la cultura propia y la realidad social de su tierra.

Nació en 1919, en Quito. El origen quechua del padre de Oswaldo definió su compromiso con las etnias minoritarias, algo que influyó claramente en su estilo y temática preferida. Desde muy pequeño destacó por sus sobresalientes cualidades para la pintura y, a pesar de la oposición de su familia, que habría preferido un trabajo más tradicional que le permitiera ganarse la vida, consiguió graduarse en  la Escuela de Bellas Artes de Quito en 1941.

La historia de Oswaldo se entreteje con afortunadas casualidades que le abrieron importantes puertas. Poco después de completar sus estudios, en 1942,  expuso  por primera vez en su ciudad natal. El azar hizo que el millonario y político Nelson Rockefeller, en viaje diplomático por el país, visitara la exposición, comprara parte de su obra y le animara a seguir formándose en EEUU. Este inesperado apadrinamiento le  permitió ganar algún dinero con el que  viajar por todo el continente americano, conocer diversos países, culturas, paisajes y dificultades sociales que  Guayasamin no dejaría al margen de su pintura.

De esta época, denominada El camino del llanto, son obras con trasfondo social y crítica política relacionada con el continente americano y la opresión de los pueblos indígenas. Se afianza en esta época un sentimiento de pertenencia, que se vio expresado en lo que Guayasamin denominaba “llamamiento” a la unidad del continente desde México hasta Argentina.

Napalm (1976)

En los años 60 su fama se extiende por toda Europa y su obra se ve influenciada por los convulsos acontecimientos de la política mundial. Las guerras y la violencia se reflejan en sus pinturas que siguen mostrando rostros muy angulosos llenos de dolor y manos crispadas. Esta etapa será conocida como la Edad de la Ira.

Finalmente, ya en la madurez del artista y desde finales de los años 80, dedica una serie de pinturas a su madre y por extensión a todas las madres del mundo. En estas últimas obras se aprecia un cambio en el color y mayor dulzura en las expresiones de sus personajes. El cuadro más conocido de esta época se titula Ternura (1989).

Oswaldo Guayasamil mantuvo una larga relación con España donde vivió largas temporadas a lo largo de 40 años, gran parte de ellos en Barcelona. Pero es en Madrid, en el Aeropuerto de Barajas, donde se puede ver una de sus más

grandes obras como muralista: la obra representa en sus 120 metros, un homenaje a las relaciones entre Latinoamérica y España con dos paneles diferenciados, uno de ellos representa el mundo precolombino y el otro la danza mediterránea.

En 1976 Guayasamín  creó una fundación que lleva su nombre con el fin para preservar y mantener su obra, pero también como un deseo de llamar a la unión de los pueblos sudamericanos al que él tanto apeló.  Para ello mandó construir formando parte de la Fundación , La capilla del Hombre donde se mantiene encendida la “Llama eterna” por los derechos humanos y la paz.

El cuadro que encabeza este post es nuestro preferido y tú, ¿cuál decidirías enmarcar para tu casa?