Nos resulta tan familiar, tan amablemente familiar que en estas fechas se convierte en un protagonista fundamental de la decoración navideña. Nos lleva a esos momentos de la infancia cuando pasábamos horas colocando el río de papel de plata, almacenando montoncitos de serrín alrededor del pesebre o cuando organizábamos a los pastores a nuestro aire ayudándonos de colecciones de guerreros, de playmobil o añadiendo algún elemento que la historia hizo imposible, pero totalmente necesario para nosotros.

La escena representada es de sobra conocida: La Virgen María dio a luz en Belén, en un humilde establo. El niño Jesús en el pesebre, María y San José a su lado y, adorando al Niño, los Reyes Magos  y unos cuantos pastores. Así podríamos resumir el momento histórico que con más o menos acierto se suele exponer en casas o escaparates. Pero, ¿quién fue el primero que exhibió esta escena?

En estas representaciones observamos un cuadro, un teatro petrificado, una escena congelada. Si bien su origen exacto es complicado de delimitar, sí tenemos algunas certezas históricas. Parece aceptado que la cosa se inició en el pueblecito italiano de Greccio en 1233, donde San Francisco de Asís, tras peregrinar a Tierra Santa preparó lo que hoy llamaríamos un Belén viviente que representan la histórica escena en la nochebuena de ese año.

Belen napolitano

Belén napolitano

A pesar de esta fecha de inicio, aún habrían de pasar un par de siglos (s. XV) para que la tradición saliera de los conventos y llegara a los palacios.  Los reconocidos  belenes napolitanos ya se comienzan a elaborar con barro y así se inicia un camino en el que el preciosismo de las figuras, los rostros, la expresividad, las vestimentas, serán en mayor o menor medida signo de su calidad.

Aunque a España ya habían llegado esas primeras natividades napolitanas,  la historia depara un lugar especial al  Belén del Príncipe que fue traído desde Nápoles  por Carlos III a mediados del siglo XVIII y colocado en el Palacio del Buen Retiro. La tradición pedía que cada año la escena fuera diferente, manteniendo la esencia, claro está. Hoy en día el Belén del Príncipe con todos los añadidos que los siglos han permitido, con nuevas figuras añadidas recientemente, se sigue escenificando en el Palacio Real por estas fechas.

Belén del príncipe, Palacio Real.

Al belén primigenio napolitano se le fueron añadiendo personajes, indumentarias y paisajes, que luego hemos ido cambiando y adaptando a nuestra realidad más cercana. Así vemos, por ejemplo, aparecer la nieve  y paisajes nórdicos en un escenario en el que sabemos que había una vegetación propia de lugares secos.  Esta característica cambiante de los belenes nos ha garantizado durante cientos de años que la tradición siga viva: que cada belén tenga una personalidad propia y que podamos acomodarlo a nuestras necesidades.

Así , en estos siete siglos de tradición, los hemos podido ver de todo tipo, como queda reflejado en las fotografías de esta entrada. Los más esperanzador para la supervivencia de la tradición son estas adaptaciones millennials que nos despiertan la sonrisa y  en las que hay sitio para las nuevas tecnologías, selfies con morritos de la Virgen, comida sin gluten para los animales y otros guiños a nuestra sociedad. Así de modernizados, auguramos larga vida a la tradición…