¿Sabes que Lisboa, una de tus ciudades favoritas, alberga la pinacoteca que creó un magnate del petróleo y coleccionista de arte armenio? Esta es la historia de un ingente legado cultural que, por carambolas del destino, acabó en la capital portuguesa. Esta es la historia del Museo Gulbenkian.

Arte por petróleo

La familia Gulbenkian pertenecía a la élite económica y social armenia, por eso no es de extrañar que Calouste Gulbenkian (1869-1955)  se interesara por los negocios y también por el arte. Desde bien joven supo convertirse en imprescindible cuando se trataba de asuntos petrolíferos del Golfo Pérsico, demostrando una gran habilidad para las negociaciones.

Fotografía b/n de Calouste Gulbenkian

Su educación británica le sirvió para moverse como pez en el agua entre Oriente y Occidente, uniendo intereses de potencias europeas y países de la zona del Golfo Pérsico, cuando se trataba de negociar un barril de petróleo; claro que, de estas negociaciones él también se lucró, no en vano conquistó el sobrenombre del señor del 5%, porcentaje con el que participó en muchos de los emporios de hidrocarburos que ayudó a construir.

 

Más de 6000 piezas para una colección ecléctica

Pero, centrémonos en la cosa artística. Su primera incursión en el coleccionismo se orientó a la numismática; de hecho, en el museo lisboeta encontraremos un conjunto de monedas egipcias, único y perfectamente conservado. Más tarde amplió sus intereses a cerámicas, tapices, objetos cotidianos, esculturas… pero todavía muy centrado en lo que culturalmente le era más cercano como el arte persa o egipcio. Poco a poco su afán comprador se amplió al arte europeo engrandeciendo así definitivamente su galería.

 

Siempre fueron sus gustos personales los que decidieron qué entraba en su colección y por ello encontramos salas del museo llenas de tapices persas, cerámicas árabes, monedas egipcias, arte chino, japonés, mobiliario francés del siglo XVIII o un conjunto inigualable de obras del joyero modernista René Lalique

Alfiler que representa una libélula
junto con obras de Rubens,  Rembrandt, prerrafaelistas o impresionistas.

Óleo Monet

En resumen, una amalgama ecléctica y muy personal con más de 6000 obras de arte de innegable calidad que abarcan casi 4000 años de historia.

Carambolas de la historia para un museo en Lisboa

Para ser coleccionista de arte, aparte de dinero, evidentemente, es necesario tener acceso a otros coleccionistas y, a veces, verse favorecido por el azar de la historia. Es conocido que a finales de los años 20 el gobierno soviético ordenó la venta discreta de diversas obras del Hermitage con el fin de conseguir divisas que ayudaran a aplacar las hambrunas que padecía el país. Así fue como Calouste Gulbenkian, entre otros coleccionistas privados y museos del mundo, pudo hacerse con la propiedad de algún Rubens o Rembrandt que hoy disfrutamos en Lisboa.

” Tengo la plena certeza de que es el momento de tomar una decisión sobre mis obras de arte. Puedo decir sin miedo a exagerar, que las considero como hijas y que su bienestar es una de mis preocupaciones. Representan cincuenta o sesenta años de mi vida a lo largo de los cuales las reuní, a veces con dificultades, pero siempre guiado por mi gusto personal. Es cierto que, como todos los coleccionistas traté de pedir consejo, pero siento que son mías de alma y corazón.”                  

Calouste Gulbenkian

La colección de Gulbenkian casi siempre permaneció en la capital francesa, en un palacete propiedad del magnate, que al mismo tiempo cumplía las funciones de la legación diplomática iraní. Gracias a esta circunstancia, durante la 2ª Guerra Mundial, pudo evitar la confiscación de la vivienda, pero el armenio no terminaba de ver seguras sus obras de arte en un país ocupado, por lo que consideró más seguro trasladar gran parte de su colección a Londres donde ya tenía intereses económicos.

Parecía que así iba a acabar todo, pero la historia camina por vericuetos inesperados y puede cambiar de la noche a la mañana. Corría el año 1942, en plena Guerra Mundial, y aunque la colección ya estaba en Londres, su dueño seguía viviendo en París. ¿Qué ocurrió? Que el gobierno británico consideró a Gulbenkian ciudadano enemigo y confiscó las acciones que éste poseía en diversas compañías petrolíferas con sede en Londres.

Evidentemente, esta decisión no le sentó muy bien y ordenó el traslado de sus “hijas queridas” a Washington cuyas autoridades, al conocer la noticia, proponen incluso la construcción de un museo para dar cabida a una de las colecciones privadas europeas más importantes.

Pero la carambola final estaba aún por ocurrir y sucedió en abril de 1942, cuando Gulbenkian conoce al embajador portugués en París: el poder de convicción de éste y la situación geoestratégica del país hicieron el resto. Pocos meses más tarde traslada su residencia a la capital lusa, años después ordenaría la reubicación de toda su colección en Lisboa y en 1969 quedó inaugurado el Museo que lleva su nombre.

Fotografía jardín del Museo

El  edificio fue ubicado en medio de un barrio moderno, un poco alejado del bullicio más turístico y rodeado de un majestuoso jardín y estanques tranquilos, como un postrero homenaje a su fundador.

…”uno de los objetivos vitales que no he logrado alcanzar en mi vida es haber conseguido ser un soñador en un jardín a mi manera”.

Calouste Gulbenkian