Si te pido que pienses en un cuadro que represente el enamoramiento, ¿cuál me dirías? Seguro que muchos de vosotros responderíais: El Beso, de Klimt. Una obra icónica que podemos visitar, rodeados de una perfecta teatralidad, en una sala del Museo Belvedere de Viena. ¿Quieres saber en qué momento se pintó , quienes son los dos amantes representados, por qué este cuadro, y otros del mismo pintor, tienen oro? Sigue leyendo y te lo contamos.

Al entrar en la sala más importante del Museo Belvedere accedes a una estancia oscura, sin apenas iluminación, en la que te deslumbra, al fondo, un enorme lienzo con dos personajes vestidos de oro que se abrazan apasionadamente, con un jardín a sus pies. Estás allí, admirando la obra y, aunque temes perturbar  ese íntimo momento, tienes que acercarte para asegurarte de que el oro de los vestidos es oro y, alejarte otra vez, para admirar la paz de un abrazo eterno. Es difícil imaginar una forma mejor de exhibir la obra.

Si hoy hemos decidido hablar de este pintor y de este cuadro es por dos razones: porque representa muy bien el trabajo que realiza Cupido (no olvidemos que hoy es el día de los enamorados) y porque hace unos días, el 6 de febrero, se celebró el centenario de su fallecimiento. De él sabemos que es el pintor del simbolismo austríaco más conocido de la Historia del Arte, pero conocemos poco sobre su personalidad. Gustav Klimt ni se prodigó en entrevistas, ni tampoco dejó escritas las verdaderas intenciones de sus creaciones, eso sí, nos invitó a observar:  “Quien quiera saber algo de mí debe observar atentamente mis cuadros y tratar de ver en ellos lo que soy y lo que quiero hacer”.

Hagamos un poco de historia. Un año antes de pintar El Beso, Klimt acababa de realizar unas pinturas para decorar el techo del Aula Magna de la Universidad de Viena (1900-1907). Eran unas escenas alegóricas que representaban la Medicina, la Jurisprudencia y la Filosofía: fueron muy criticadas por obscenas y pervertidas, adjetivos bastante habituales en los comentarios a sus obras. El revuelo fue tal que el debate llegó hasta el Parlamento austríaco; además, la indignación de los miembros de la propia Universidad que lo tildaban de “depravado”, fue  mayúscula  y, desde luego, el enfado de Klimt superlativo. En medio de la desesperación y para acallar tantas voces decidió recomprar sus propias pinturas por 30.000 coronas, cosa que lo dejó en una delicada situación económica, con la reputación dañada y su ego por los suelos.

Así las cosas, no es de extrañar que las dudas creativas minaran la moral de nuestro protagonista, pero afortunadamente, de este bache creativo surgió la inspiración para pintar El beso. Probablemente, su obra más conocida, famosísima en nuestros días y reproducida hasta la saciedad en láminas, jarrones, lienzos, figuras, vasos, y en cualquier otro soporte imaginable.

Emile Flöge (G. Klimt)

Todos la conocemos  y sabemos que es una hermosa escena en la que Los amantes, titulo original de la obra, se besan apasionadamente ajenos a la presencia del espectador. Parece que hay pocas dudas sobre que sea el propio Klimt el retratado en la composición, sin embargo, lo que no queda tan claro es la identidad de la figura femenina. Algunos identifican a la mujer como Emile Flöge, pareja del pintor en esa época; otros ven a Adele Bloch-Bauer, a la que

Adele Bloch-Bauer (G. Klimt)

estaba retratando en ese momento, o a Red Hilda. Hay varias candidatas y todas ellas amantes del pintor. Sea quien sea la retratada,  el óleo sorprende por su formato cuadrado de grandes dimensiones (180×180), por su inspiración en los mosaicos bizantinos y por introducir, por primera vez, pan de oro, material que no le era ajeno al artista ya que procedía de una familia de orfebres, y que se convertirá en una de las señas de identidad de sus cuadros.

Pese a las numerosas y lapidarias críticas que un año antes habían vapuleado a nuestro autor, la Galería Belvedere (Museo que hoy alberga parte importante de su obra) no dudó en comprar El beso, aún inacabado, por 25.000 coronas, convirtiéndose en el cuadro más caro adquirido en Austria antes de 1908.

Esta obra marcó un nuevo periodo en las pinturas de Gustav Klimt, un estilo propio que cien años después de su muerte, sigue atrapándonos en ese eterno beso. Coincidiendo con este aniversario, no sólo Austria le rinde numerosos homenajes con grandes exposiciones, París también se une a estos reconocimientos al máximo exponente del simbolismo en el Atelier des Lumières.  Y esta exposición, por cierto, admiraría al propio pintor. París y Viena, unidas por El beso. La ciudad del amor y la ciudad de Klimt, magníficos destinos para enamorados y para amantes del arte, ¿no crees?